Su frescura e inocencia me cautivaron. Aún era una niña, pero su cuerpo apuntaba ya las formas de una bella mujer.
En sus ojos brillaba la promesa de una vida ilusionada y reflejaba, para mí, todos los misterios de la existencia. Su timidez la enmudecía y el rubor de sus mejillas y sus nerviosos movimientos, me decían que, como yo, apenas despertaba a nuevas y enervantes sensaciones.
Sorprendí furtivas miradas que se cruzaban con las mías, tan tímidas y azoradas como las suyas. Su delgado talle, sus largas piernas y la sinuosidad de sus caderas, hacían que, a pesar de su estatura normal, pareciese tener una talla de mayor envergadura. Caminaba erguida y mostraba sus hombros redondeados y la piel de sus brazos presentaba el color y la textura de los melocotones en sazón.
Era muy esbelta y tan delicada, que su aparente debilidad movía a la ternura. El óvalo de su rostro, perfecto y proporcionado, era el soporte ideal para sus grandes, verdes y chispeantes ojos. Sus labios finos, pero carnosos, sus bien perfiladas cejas y sus delicadas orejas, enmarcado todo ello por largos cabellos de brillante color miel, me atrapaban en el excitante embrujo del descubrimiento amoroso.
En aquel Domingo de Ramos del año 1.966, ambos despertábamos a la vida y a ambos nos intrigaban y nos intimidaban los secretos que habríamos de descubrir. Ella iba a cumplir 15 años, yo recién los cumplí y en aquellas dos semillas, todavía sin eclosionar, germinó el amor de manera tan arraigada, que hoy, más de cuarenta años después, aún se conserva como las verdes y sazonadas hojas de un perenne y frondoso árbol.
Hoy doy gracias por haberla conocido, hoy, como ayer, confieso sin rubor mi amor por ella. Hoy quiero rendir mi voluntad y todo cuanto soy a ella, hoy quiero decir en público que muero por ella, que la adoro, que es la razón que justifica mi vida.