domingo, 16 de julio de 2006
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La presión en los tímpanos le causó un vivo dolor y un hilillo de sangre le comenzó a salir de los oídos. Estaba aturdido y el estruendo de la reciente explosión se mantenía como un eco, recorriendo en borrascosa espiral su cerebro.

Miró fascinado el variable color del blanco al rojo de las llamas y la humareda y el polvo en súbita expansión: le recordó la espectacularidad de las galaxias.
La proyección de minúsculas partículas, cascotes y todo tipo de objetos caían a su alrededor y herían su piel con múltiples erosiones.

Las imágenes del infierno no debían ser más terribles que aquellas. Por doquier se esparcían los miembros arrancados de las victimas, que quedaron en el suelo en grotescas posturas, entre charcos de sangre y vísceras desparramadas.

Pasó delante de una mujer salvajemente mutilada, que parecía gritar desesperada pidiendo ayuda; pero él no la oía, sólo el retumbar de la deflagración, en apagado runruneo, seguía percibiendo dentro de su cabeza.

Aquella era la digna venganza de Dios sobre los infieles. Él… él sólo fue el ejecutor, el enviado de Alá, la manifestación de su ira.
Pudo alejarse más del punto en el que colocó el artefacto antes de apretar el botón, pero quiso padecer el dolor que le purificaría.

Ansiaba ser él el centro de la explosión… ya llegaban las ambulancias, los bomberos y la policía, para prestar ayuda a las víctimas. Esperaría unos minutos más para que su inmolación fuese más efectiva. Lo haría cuando toda el área estuviera hacinada por el gentío. Haría estallar los explosivos que tenía adosados al cuerpo en el momento oportuno. Lo haría aprovechando el caos y cuando hubiera la mayor aglomeración.

Sí, daría con gusto su vida por experimentar el mayor gozo del creyente: el martirio.

Caminó como una víctima más, manchado de sangre propia y ajena, la mirada perdida y movimientos indecisos y tambaleantes; pero seguro de sí mismo y con una beatífica sonrisa, propia de los llamados a tan altísimo destino.

Al fin se detuvo en el centro de aquel enjambre enloquecido, apretó el botón y voló en pedazos.

Publicado por pedrolamart @ 19:26  | RELATOS
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Publicado por estel_a
domingo, 29 de marzo de 2009 | 7:05
Creo que es exactamente así como se debe sentir un fanático.
Un texto durísimo, que hace reflexionar en las crueldades(de todos los tiempos) del género humano, (represiòn salvaje,tortura,holocausto,la Inquisición...)
Me gustó muchísimo.

Besos