Viernes, 09 de febrero de 2007
NO ESTAMOS SOLOS




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CAP?TULO I



Acodado en el pretil de la terraza, el hombre contemplaba una amplia vista. Desde la loma en la que se ubicaba la villa, una gama de sombras y luces multicolores trazaban las calles y marcaban los hitos hist?ricos y monumentales de la ciudad. Era una noche clara. La Luna reluc?a, cerca ya de su ocaso, y el cielo se ve?a gr?vido de estrellas. Aspir? con fruici?n un aire puro, calado de olor a azahar, que ven?a del huerto cercano.

Casi era ya el alba y, antes de echarse a dormir en una blanda y ancha, pero desierta cama; hab?a resuelto serenar su esp?ritu y gozar de una paz que no ten?a desde hac?a mucho tiempo. Todo estaba en callada calma. Mas, a medida que pasaba el tiempo, sus sentidos se adaptaban y percib?an los tenues sonidos de la noche y las formas que las sombras, con sutiles y variados tonos pardos y grises, dejaban entrever.

Pudo o?r un suave reptar entre la hojarasca del suelo del jard?n, el ulular de la lechuza y los zumbidos de los insectos; alg?n ladrido lejano y el familiar rumor del tr?fico, muy apagado por la distancia. Bebi? un sorbo de gin-tonic y gust? de su frescor con un ligero sabor a lim?n: le gustaba, am?n de remojar la rodaja, a?adir unas gotas de su zumo. Dio unos pasos hacia la mesa de hierro forjado, pos? el vaso sobre su tapa de m?rmol y se dej? caer en un sill?n, tambi?n de hierro, con sendos cojines en el asiento y el respaldo.

En verdad se sent?a cansado. La jornada hab?a sido agotadora con un ir y venir trepidante, supervisando hasta los nimios detalles de cada uno de los departamentos. S?lo si demostraba a los norteamericanos que las instalaciones de la f?brica eran de lo m?s avanzadas y que contaba con el personal m?s cualificado, se podr?a ultimar la operaci?n. Aquel contrato era la ?nica soluci?n para encarar con posibilidades de ?xito la crisis en la que estaban sumergidos. Confiaba en la maquinaria, nueva y de ?ltima generaci?n, pero tem?a alg?n fallo humano debido a la tensi?n del momento.

Contempl? reflejado en la vidriera el rostro de un hombre avejentado, con los ojos hinchados y enrojecidos, la tez gris y las canas que ya se extend?an por las sienes. S?lo ten?a cuarenta a?os y aparentaba haber pasado los cincuenta.
- Juan- se dijo en un susurro- ?Qu? has hecho de tu vida?
Hizo pasar por su mente los recuerdos inconexos e imprecisos de los ?ltimos quince a?os, en un vano intento de averiguar c?mo hab?a llegado a aquella situaci?n. -?Dios! ?Qu? he hecho mal?- dijo en voz alta, con un rictus de amargura.

Suspir? y alargando el brazo tom? el vaso y dio un largo sorbo de aqu?l l?quido, tan agridulce, como su ?nimo. En su fuero interno sab?a que aquel estado de ansiedad en el que se encontraba era pasajero; siempre se hab?a repuesto con rapidez de todas las contrariedades que el mundo de los negocios le hab?a deparado y aquella ocasi?n no iba ser distinta. S?lo que, a solas, se permit?a aquella debilidad, como una liberadora v?lvula de escape.

Un perro cercano comenz? a aullar de manera fren?tica y acto seguido un coro de ladridos vino a romper la paz a aquellas altas horas de la madrugada. Los aullidos se hicieron cada vez m?s desenfrenados y le hicieron volver a la realidad, perdiendo la concentraci?n.

Se incorpor? del sill?n y se acerc? a la balaustrada para ver si averiguaba el motivo de aquella algarab?a, cuando, de pronto, la mudez se hizo total. La jaur?a hab?a callado y ya no se o?a el ruido del tr?fico ni los ecos de la madrugada. Se le antoj? que tan repentino silencio no era natural. Mir? el vaso y se apercibi? de que el l?quido se mov?a en ondulantes vibraciones; sin embargo, no hab?a viento e, incluso, la tenue brisa dej? de acariciar la piel de su rostro. Extra?ado puso atenci?n al m?s leve rumor. No se o?a nada. Parec?a que todos sus sentidos se hallaban en suspenso. Entonces, not? un hondo zumbido, mas no lo percibi? con sus o?dos: retumbaba sordamente en su cerebro.

Mir? al cielo y qued? petrificado. Vio como, en un instante, una nube tomaba forma a unos cien metros sobre su vertical. Aquella nube se materializ? de la nada; apareci? por s?, como por generaci?n espont?nea o como si viniese de otra dimensi?n. De improviso, las luces de la casa se apagaron y la ciudad se sumi? en negras sombras.
El apag?n fue total.

La nube radiaba una d?bil luz azulada, como si estuviese cargada de electricidad est?tica. Pasmado vio, velada entre jirones de niebla, una gran nave que, con mesurado movimiento y sin ruido alguno, iba tapando a las estrellas. Su forma era lenticular y sus bordes rielaban con reflejos metalizados. Era tan grande y de tal forma, que asemejaba a una moderna ciudad. Ten?a vol?menes anexos unos a otros, parecidos a rascacielos, cuyo trazado suger?a calles, avenidas y pasajes a distinto nivel. Constantes arcos voltaicos saltaban entre sus aristas, brindando un espect?culo sobrecogedor.

Aquella inmensa masa estaba horadada por miles de ventanales, de los que sal?a una luz difusa. Unas luces que se perd?an y aparec?an entre aquel extra?o vapor, que envolv?a a la nave y se adher?a a su fuselaje, como pegajosa tela de ara?a.
De repente, el coraz?n le salt? con violencia en su oprimido pecho, al que le faltaba ya el aire para respirar. Vio, recortadas por la luminiscencia de los ventanales, las siluetas de toda una multitud de seres que le miraban con una fijeza hipnotizadora.

Sinti? que aquellas miradas traspasaban todas sus barreras y hurgaban en su mente con la mayor libertad, al tiempo que quedaba impotente para moverse o pensar. De pronto, un haz de luz call? sobre ?l con contundencia casi s?lida. Su brillo cegador se mantuvo unos segundos y, cuando al fin se apag?, Juan hab?a desaparecido dejando una sombra, que se?alaba el sitio que ocup? instantes antes. Fue tan fuerte la radiaci?n, que su silueta qued? marcada en los hierros del sill?n y en las losetas del suelo de la terraza.

De repente, nube y nave desaparecieron y todo volvi? a la normalidad.

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Publicado por pedrolamart @ 0:23  | RELATOS
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