Lunes, 12 de febrero de 2007
EL HUMANISMO DEL HOMBRE Y LA UTILIDAD O LA INUTILIDAD DE LA SOLEDAD.



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Desde la aparición de los primeros homínidos; conforme el simio se erguía sobre sus extremidades traseras, su columna vertebral adquiría verticalidad y la visión se le acomodaba a la contemplación de más amplios y lejanos horizontes, la humanidad ha ido progresando y evolucionando. A medida que la inteligencia vencía al primigenio y burdo instinto, se producía la gradual metamorfosis, física y mental, del primate al engreído “semidiós”, autodenominado orgullosamente hombre.

En este largo y accidentado caminar, el sentido gregario de aquellos individuos influyó notablemente en la creación del nuevo ser y en la lenta, pero firme aparición, de sociedades y civilizaciones cada vez más complejas y refinadas; aunque incompletas y artificiales, ya que no satisfacían los anhelos de libertad, creatividad y felicidad, que un ser tan exigente y trascendental demandaba.

La filosofía y las religiones aparecieron para satisfacer las carencias observadas por la razón y el espíritu; y, lejos del modelo comunal del progreso únicamente material y técnico, apareció la figura del “librepensador” solitario. Un ser escudriñador de su propio universo interior, más cercano, íntimo y tal vez verdadero. En él intuye el origen y la razón de las cosas; le conecta armónicamente con todo lo creado y con las energías y entes invisibles, que abarcan todo lo vivido e imaginado.

En este contexto de interiorizar las capacidades cognoscitivas, intelectuales e intuitivas del hombre; la soledad es condición útil e imprescindible, ya que el desarrollo del pensamiento es consubstancial al “yo” que, aunque influido por el conocimiento de la cultura colectiva, sólo toma forma, crece y vive, concentrándose en las propias experiencias, ansiedades, sueños y creencias. En cambio, por su propia naturaleza, la soledad carece de utilidad en toda manifestación colectiva, material y socializadora.

Hoy vivimos inmersos en una sociedad altamente tecnificada, plana y global; en la que el individuo se siente circundado por un constante y agresivo mare magnum de mensajes contradictorios, que manipulan el libre albedrío, deforman el conocimiento y crean, con sutileza premeditada, una humanidad alienada; pues moldean las consciencias según interesa a cada grupo de presión o de poder. Esta realidad incide no sólo en el individuo; también en las distintas culturas regionales y nacionales, pues disuelve y unifica en el crisol generalista de los poderosos, el noble metal de la diversidad.

Buscar la soledad para distanciarse y tomar perspectiva de lo que acontece, sin sentirse manipulado, no sólo es una actitud útil, puede ser también una reacción subversiva, pues trastoca el orden establecido. No obstante, los poderosos resortes con los que cuentan los dirigentes de esta pseudo civilización, tienen bien atado al individuo dentro de unos cauces muy estrechos: la cultura dominante (prefabricada y orquestada por el propio sistema) las modernas ciencias de la información (con frecuencia al servicio de intereses inconfesables) y la informática con sus “autovías de la comunicación”, son sólo tres de esas poderosas armas. 

Con las comunicaciones se crea opinión en las masas según planes cuidadosamente establecidos, potenciando subliminalmente las fobias o las filias que convengan en cada momento. Con la informática, además de usarla como una soberbia e indefectible herramienta de control, se suprime en buena medida la necesidad de esfuerzo físico y mental, atrofiando no sólo los músculos del cuerpo, sino también el más peligroso de todos los órganos: el Cerebro. Para mayor éxito de esta estrategia, se crean “modas” y adicciones desde la más tierna infancia: se sustituyen los juegos imaginativos, la inventiva y la sana extroversión, por la dañina soledad del monitor del ordenador. De este modo se reduce todo horizonte a las modernas técnicas de la comunicación “enlatada” y reglamentada, creando personas sin iniciativa propia.

Desde este punto de vista, esta soledad (sólo ante el monitor, con “sus vídeo juegos y realidades virtuales” ) es inútil y dañina para el individuo, pero sumamente útil para la manipulación de la mente. En consecuencia, todo lo expuesto y otras muchas medidas coercitivas, crean la anticultura imperante de una sociedad castradora de la sana personalidad, exenta de libertad, involutiva e injusta.

Los rasgos más acusado del homo sapiens y, por tanto, de la humanidad, son las capacidades de imaginar, soñar, idealizar y crear. Es la facultad de abstraerse de la anodina realidad para evolucionar como individuo y especie, ejercitando y desarrollando el cerebro, expandiendo la propia mente e intercambiando la información y el conocimiento en su estado más libre y puro, sin permitir manipulaciones salvo la ineludible y legítima parcialidad del yo emisor; aunque no exclusivo ni excluyente, sino como afirmación de la propia personalidad.

La interrelación entre individuos, pueblos o civilizaciones, debe desarrollarse a la manera armónica de una orquesta bien estructurada y dirigida. Una orquesta que sólo interprete piezas enriquecedoras, dulces al oído y gratificantes para el Alma, de un ser solidario y cuasi divino. Un ser enlazado irreversible y felizmente, con el cosmos de la creación. Nunca dicha interrelación deberá percibirse como el bronco y cacofónico ruido del tropel de bestias insolidarias, racistas y xenófobas; exclusivas y excluyentes en las ideas, que pretende la más anodina uniformidad en el pensamiento, costumbres y creencias. Un ruido que nos lleva, irremediablemente, no ya a la involución política y social, sino a los orígenes de las cavernas en cuanto al humanismo de aquel primate. Un simio, hoy cuasi convertido en hombre, a pesar y por encima de su propia historia.

Todos los grandes humanistas (modelos de hombres a imitar) buscaron la soledad para profundizar en la más absoluta abstracción de su propia mente. Esos hombres, pertrechados de ideas trascendentes y útiles para sus contemporáneos y las generaciones posteriores, alumbraron las páginas más bellas y realizadoras del ser humano, para y por el ser humano. Hoy, en una sociedad intolerante, descreída, deshumanizada, egoísta e insolidaria, más que nunca el hombre necesita de una cuarentena en el desierto.

Un tiempo en soledad útil y creativa con el “yo” profundo y cósmico, para luego, huyendo de la inútil y estéril soledad del ruido que aturde y empobrece, armonizar con la música del pensamiento creativo y generoso.


Publicado por pedrolamart @ 22:30  | ART?CULOS
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Comentarios
Publicado por Invitado
S?bado, 28 de septiembre de 2013 | 2:13

Excelente articulo, me ha encantando. Es extrano (escribo desde teclado anglosajon) que nadie haya comentado nada, parece que las personas que buscan la soledad como desarrollo personal e intelectual somos cada vez menos...