Jueves, 15 de febrero de 2007
EL ESPECTRO DE LA CALLE SAN CARLOS




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I





En Septiembre de 1.974 fui trasladado a Alicante. Yo estaba casado y era padre de una hija preciosa de poco m?s de tres a?os y un hermoso hijo que a?n no ten?a los dos. Nada m?s llegar a aquella ciudad me puse a buscar piso, para que, cuanto antes, mi familia estuviese conmigo: extra?aba tanto a mis hijos y a mi mujer, que no perd? tiempo en alquilar un piso cualquiera. No me importaba d?nde estuviese ubicado ni las caracter?sticas del mismo. S?lo pensaba en huir de la soledad.

La distribuci?n de aquel piso era muy peculiar. Al entrar en ?l se acced?a a un corto pasillo que hac?a las veces de entradita; frente a la puerta de la calle estaba el cuarto de aseo, sin ba?era, con s?lo un lavabo, una ducha y el inodoro. A la izquierda estaba el dormitorio principal. A la derecha se encontraba el comedor, desde el que se acced?a a un cuarto, en el que s?lo cab?a una cama peque?a y una mesita de noche, no hab?a armario ni espacio para nada m?s. Desde aquel comedor se pasaba a una cocina min?scula en la que hab?a dos puertas: una para salir a un patio y la otra para acceder? ?a un dormitorio! No era un piso muy estimulante. Era oscuro y h?medo, destartalado y poco acogedor. Sin embargo, mi deseo de estar juntos, me movi? a tomar el primero que encontr?: ya habr?a tiempo de mudarse a otro mejor.


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(La descripci?n del piso es necesaria para poder ser entendido en la historia que voy a contar, por lo tanto, incluyo un croquis, para la mejor comprensi?n del lector)

Desde muy peque?os, mis hijos estaban acostumbrados a dormir en su propio dormitorio y nunca han sentido miedo, ni de la oscuridad, ni de estar solos en su habitaci?n; por eso no hubo problemas en asignarles el dormitorio del fondo del piso, el que se acced?a desde la cocina, aunque estuviese tan alejado del nuestro. Si durante la noche sent?an alguna necesidad se levantaban y, sin encender luz alguna, atravesaban todo el piso para llegar al lado de la cama en el que dorm?a Candi, la despertaban y le ped?an lo que necesitaran.

Una noche de final de enero de 1975 los acostamos pronto, Candi y yo nos quedamos en el comedor viendo una pel?cula y cuando termin?, nos fuimos a la cama. No hab?amos hecho m?s que apagar la luz y acomodarnos, cuando o? el sonido caracter?stico de unos pasos de pies peque?os y descalzos, que desde el dormitorio de mis hijos se acercaban, llegaban al lateral de la cama en el que mi mujer estaba y all? se paraban. Candi encendi? la luz y? ?no hab?a nadie!

Me pregunt? extra?ada si yo hab?a o?do que los ni?os se hab?an levantado y le dije que s?. No pod?amos entender porqu?, contra todo pron?stico, nuestra hija o nuestro hijo hab?a dado vuelta sobre sus pasos: no hab?a tenido tiempo, ni hab?amos o?do su regreso. Est?bamos seguros de que al encender la luz, ?l o ella, estar?a de pi? junto a la cama. Adem?s, no ten?amos dudas de haber escuchado c?mo atravesaba todo el piso hasta entrar a nuestro dormitorio, acercarse al lado de la cama de Candi y necesariamente, al encender la luz, deb?a estar all?.

Nos levantamos y fuimos hasta la habitaci?n de los ni?os y los encontramos dormidos, bien arropados, tal como los hab?amos dejado.
No le dimos importancia, aunque quedamos muy extra?ados. Nos acostamos de nuevo, apagamos la luz y nos entregamos sin ning?n temor al sue?o.

Este extra?o hecho lo recordamos poco despu?s, cuando huimos de aqu?l piso, despu?s de sufrir yo una experiencia verdaderamente escalofriante.



II





Me despert? el dolor. Alguien me ten?a agarrado del cabello y tiraba con sa?a de ?l, produci?ndome un vivo dolor en el cuero cabelludo. Instintivamente mov? la cabeza para zafarme y al instante me soltaron. Encend? la luz y pude comprobar que el silencio y la calma reinaban en la casa.

Mi mujer dorm?a pl?cidamente y no hab?a nada extra?o en la habitaci?n, que me hiciera sospechar que algo anormal estuviese ocurriendo. Pens? que hab?a sido v?ctima de una pesadilla, aunque el dolor que sent?a era f?sico y muy real. Cre? que, tal vez, mis cabellos se enredaron en los barrotes del respaldo de la cama, aunque los ten?a muy cortos y el cabecero era de hierro colado, con tubos rectos y sin aristas. Termin? por creer que todo era producto de una enso?aci?n tan viva, que la sensaci?n de dolor, aunque v?vida y real, s?lo era producto de mi imaginaci?n.

Mir? el reloj y comprob? que a?n quedaban cuatro horas para levantarme: eran las 3:30 de la madrugada. Apagu? la luz, me arrebuj? entre las s?banas y abrazado a mi mujer, sin sentir alarma o miedo, s?lo fastidio por haberme desvelado, qued? dormido en muy poco tiempo.

Cuando a las 7:30 son? el despertador, lo primero que hice fue revisar de nuevo el respaldo de la cama. Volv? a comprobar las formas redondeadas y suaves de los barrotes. Intent? trabar mis cabellos entre mis dedos y comprob? que era improbable su trabaz?n con el respaldo, pues incluso me resultaba dif?cil mantener asido el pelo, dada su poca extensi?n.

Sobre los barrotes pend?a el cable de la pera que encend?a la luz. Cre? que aquello podr?a ser la explicaci?n: mi cabello se habr?a trabado en el trenzado del cable. Sin embargo, la pera quedaba a unos cincuenta cent?metros por encima de la almohada y, en consecuencia, el cable quedaba demasiado alto.

Conclu? que si no hab?a so?ado. Considerando el dolor real que hab?a sentido, algo, no sab?a qu?, hab?a provocado que despertara. No sab?a por qu? ni con qu? objeto, pero no hab?a sido de manera accidental; por lo tanto, alg?n prop?sito habr?a en aquel hecho tan desconcertante. Me revest? de mi habitual forma pr?ctica de ver la vida y me abstra? del asunto.

Decid? olvidarlo y me aprest? a asearme y vestirme para ir a trabajar.
?Qu? lejos estaba a?n, de imaginar lo que me esperaba?!




III





Pas? el d?a embebido en mis ocupaciones y apenas record? la experiencia de la noche anterior; s?lo en alg?n momento, vagamente, record? que no hab?a descansado bien debido a? ?una pesadilla? Estaba seguro de que hab?a so?ado, que no era real todo lo que hab?a vivido. Es verdad, despert?, al menos aparentemente, sintiendo el dolor caracter?stico de un tir?n sostenido de cabellos, pero me inclinaba a pensar que todo hab?a sido un sue?o. A veces los sue?os y la realidad se confunden en una frontera poco definida, por eso cre?a que lo que me pareci? un despertar sobresaltado, en realidad era la propia pesadilla. Si la recordaba con tanta claridad, no me sorprend?a, pues ya me hab?a pasado otras veces: con frecuencia recordaba fielmente lo que hab?a so?ado. Sin embargo, las sensaciones f?sicas desaparec?an al despertar y en esta ocasi?n parec?a que el dolor se manten?a despu?s de recobrar la consciencia. Nunca he sido aprensivo y, a pesar de ser una persona imaginativa, siempre me he aferrado a la realidad.

Pero lleg? la noche y la hora de irse a la cama. Sin aprensiones ni preocupaci?n alguna me qued? dormido.

El dolor y la sensaci?n de extrema tirantez de mis cabellos hizo, otra vez, que saliera del sue?o reci?n adquirido. Abr? los ojos y trat? de taladrar la oscuridad. Buscaba un matiz que me apercibiera de una presencia tan molesta, como indeseada. No vi destello alguno. Las tinieblas envolv?an la alcoba borrando toda forma, convirtiendo en nada lo que me rodeaba. Opt? por quedarme quieto, con todos mis sentidos hiperactivos, mientras sent?a la tensi?n y el dolor en mi cuero cabelludo, cada vez m?s intenso. Sab?a que al m?nimo movimiento me soltar?an y seguir?a sin saber qu? estaba pasando.


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Ya no ten?a duda: no estaba bajo los efectos de una pesadilla. ?Esto es real ? me dije- no es un sue?o. Alguien o algo me tira del pelo?. Este pensamiento me lo repet?a una y otra vez, mientras conservaba la calma e ideaba la forma de averiguar qu? pasaba. Intent? analizar mi estado de ?nimo y supe que no sent?a miedo. S?lo sent?a incertidumbre y una rabia creciente por ser interrumpido mi descanso: aquello, adem?s de rebasar mi capacidad de raciocinio, me privaba del sosiego reparador del sue?o.

En mi intento de racionalizar lo que me estaba ocurriendo, pens? que, necesariamente, quien me tiraba del pelo s?lo podr?a ser Candi, ya que s?lo ella estaba all?. Pens? que mi mujer, en un estado de semiinconsciencia, llevada por una enso?aci?n incomprensible, me as?a del pelo y tiraba de ?l con una fuerza incontenible. Aquella me pareci? la explicaci?n m?s l?gica y me propuse averiguarlo. Pero? ?c?mo hacerlo y acertar en la oscuridad?

Tens? mis m?sculos y me concentr? en el movimiento ?gil y el?stico de mis 24 a?os y con la mayor celeridad salt? sobre Candi, buscando en la oscuridad con mis manos sus hombros: a trav?s de ellos podr?a deducir la posici?n de sus brazos. Fue un salto violento, col?rico y desesperado. Comprob? que sus brazos los ten?a pegados a su cuerpo y sus manos reposaban sobre su vientre. Era imposible que ella me tuviera asido por el cabello.

Nada m?s iniciado mi movimiento fui soltado.

Echado sobre el cuerpo de Candi encend? la luz y, de nuevo, el silencio y la soledad reinaba en el aposento. All? estaba yo: a horcajadas sobre mi mujer que, a pasar de la violencia de mi acto, segu?a dormida. Observ? que estaba ajena, extra?amente envarada y profundamente dormida. Ella sol?a tener un sue?o muy ligero: bastaba el m?nimo ruido que los ni?os hiciesen para despertarse en el acto. Sin embargo, a pesar de mi temor por haberle causado da?o con mi maniobra, segu?a dormida sin enterarse de nada. Su sue?o no era natural. Algo superior a nuestra voluntad, sutil y mal?volo, influ?a en su mente y la hac?a inmune a cualquier agresi?n f?sica. Su respiraci?n era compasada y profunda, en su rostro no se notaba emoci?n alguna y en su cuerpo nada hac?a ver que se apercibiera de mi peso sobre ella. Aquella manera antinatural de dormir mi mujer, me hizo sentir miedo. Por fin comenc? a aceptar la posibilidad de un ?contacto con alguien del m?s all?. Parec?a que aquel ente, o lo que fuese, hab?a decidido dejarla al margen: lo que quiera que buscase, era s?lo conmigo.

Desconcertado y temeroso me sent? en mi sitio de la cama y durante mucho rato segu? buscando una explicaci?n racional, sin encontrarla. Poco a poco me fui tranquilizando y, finalmente, volv? a tumbarme, apagu? la luz y me qued? de nuevo dormido, m?s por agotamiento nervioso, que por verdadero sue?o. Me dorm? con la idea de sorprender, no sab?a como, a aquel ser que no me dejaba en paz. Estaba sorprendido por mi actitud: sent?a ira, mas no ten?a verdadero miedo. Pensando en c?mo solucionar aquella situaci?n, qued? dormido con un sue?o tenso y nada reparador. Era m?s bien un duermevela vigilante e inquieto.




IV





De nuevo despert? aquella noche. De la misma manera que las dos veces anteriores, el dolor me hizo recobrar la consciencia. Otra vez me mantuve quieto, mientras repasaba todo lo acontecido y volv?a a buscar respuestas l?gicas, sin hallarlas. Estaba profundamente airado y la rabia me imped?a estallar en un ataque de aterradora histeria.

Con el mayor sigilo, muy lentamente, fui sacando el brazo de debajo de las s?banas y proyect? mi mano con celeridad impensable hacia mi nuca, intentando sorprender ?aquello? que, con tanta insistencia, se empe?aba en no dejarme dormir. Agarr? con fuerza la mu?eca de un brazo. Por fin ten?a la evidencia de algo f?sico y tangible. Mi mente a?n no pod?a creer lo que me estaba pasando.
Los nervios hicieron que mi mano fuese una garra poderosa, un cepo ineludible y clav? con sa?a mis dedos en la carne. Intent? zafarse con tirones en?rgicos, pero yo no soltar?a a mi presa, por muy tit?nica que fuera la pelea.



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Mientras entabl?bamos aquella lucha sin cuartel, con mi mano izquierda buscaba la pera para encender la luz, pero en la oscuridad, inmerso en aquel desesperado forcejeo, no acertaba a encontrarla. El coraz?n parec?a que me iba a estallar entre arr?tmicas y alocadas pulsaciones. La habitaci?n se llen? de mis jadeos, que las paredes me devolv?an con un eco atronador e inquietante.

Mientras, percib?a en mi mano que aquel brazo estaba helado. Jam?s hab?a sentido un fr?o tan acusado. La mano me dol?a con una quemaz?n tan intensa, que me hac?a desear rendirme. Con desespero clav? a?n m?s mis dedos y not? c?mo la carne y la piel de aquel brazo se desgarraba y me aferraba con todas mis fuerzas a tendones y huesos. Not? que fluidos viscosos empapaban mi mano y me bajaban en espesos goterones hasta el codo. Las nauseas me hicieron boquear y me revolvieron el est?mago. Aquel brazo se descompon?a en una putrefacci?n nauseabunda. No pude m?s, el fr?o extremo y la repugnancia, me obligaron a soltar mi presa.

Encend? la luz y no vi nada anormal; mir? debajo de la cama y en los rincones m?s insignificantes, intentando descubrir alguna presencia. Todo permanec?a silencioso y quieto. Mi respiraci?n estaba acelerada y mi pulso desbocado. ?Comenzaba a sentir miedo!

Mir? incr?dulo mi mano que estaba limpia, a pesar de permanecer en mi tacto la pegajosa sensaci?n de tenerla manchada y h?meda. Tampoco percib? el olor de la carne putrefacta. Todos mis sentidos estaban en alerta, pero no hab?a nada raro que llamara mi atenci?n, excepto? Candi: estaba en una postura r?gida y dorm?a de manera tan profunda, que me result? extra?a.
Me levant? y fui al aseo: la sensaci?n de tener la mano manchada y el asco que sent?a, era ya insufrible. Me lav? las manos con abundante jab?n varias veces. Sal? al patio a buscar una botella de lej?a para desinfectar mis manos limpias y me las volv? a lavar con jab?n, frot?ndolas con un estropajo de aluminio que encontr? en la cocina.

Volv? al dormitorio y me sent? en la cama. Ya estaba por aceptar que un ser fantasmag?rico quer?a llamar mi atenci?n y, con voz insegura, comenc? a lanzar al vac?o de la habitaci?n las preguntas que suelen hacerse en estos casos y que me sonaban rid?culas: ? ??qui?n eres?... ?Qu? quieres???
Sab?a que no iba a obtener respuesta, pero durante un buen rato estuve repitiendo aquellas frases, m?s por reconfortar mi ?nimo escuchando mi propia voz, que por la esperanza de entablar un improbable contacto con un supuesto fantasma: a pesar de todo lo vivido aquellas dos noches, segu?a negando esa posibilidad.

De repente, un fr?o indescriptible comenz? a pasar por mi cuerpo desde el brazo izquierdo y sigui? por mi torso paulatinamente, hasta acabar en el brazo derecho. No fue un cl?sico escalofr?o que se siente de manera electrizante y sin control. Aquella heladora sensaci?n me fue traspasando de un lado a otro y a medida que avanzaba me iba congelando. Mientras, de manera gradual, en la zona izquierda volv?a el calor, en una prueba irrefutable de que algo invisible, pero con identidad propia, me atravesaba de parte a parte.



Perd? toda mi entereza. El terror se apoder? de m?, mientras toda mi piel sinti? un doloroso hormigueo y los vellos de todo mi cuerpo se atiesaron de manera incomprensible. Todo mi vello y el pelo de mi cabeza parecieron tomar vida y querer escapar de m?. Estaba aterrorizado y s?lo se me ocurri? rezar un padre nuestro, en voz alta y tr?mula, pidiendo a un Dios olvidado e improbable, que me librara de aquella pesadilla.

Las palabras me sal?an atropelladas, m?s que recitarlas, las farfullaba y repet?a entre casta?etear de dientes, por el fr?o y el espanto. Al cabo, not? que la postura de Candi se tornaba natural y su respiraci?n, de uniforme y profunda, pasaba a ser m?s liviana: supe que hab?a pasado todo.

Eran las 6:23 y, recuperando mi ?nimo, despert? a mi mujer y le inst? a que se levantara y me ayudase a recoger nuestras escasas pertenencias. Ten?amos que cambiarnos de piso sin dilaciones. Ella me pregunt? qu? pasaba, pero yo no quise explicarle nada: quer?a evitarle el p?nico. Y eso fue lo que hicimos: lo recogimos todo apresuradamente y salimos de aquel piso, para no volver jam?s.

Publicado por pedrolamart @ 20:02  | RELATOS
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