Jueves, 15 de febrero de 2007

¿Hasta cuándo, amor?...

(Relato erótico) 

 

La ausencia es una tortura que al alma desangra. Duele el corazón, el deseo desespera y los celos matan...

••••

Salí de la bañera y comencé a secarme.  Estuve más tiempo del habitual aseándome y cuidando hasta el mínimo detalle que pudiera incidir en mi aspecto.  Me afeité cuidadosamente, me enjuagué la boca con especial empeño y me perfumé.  Aquella era la noche soñada durante tantos meses: estaba en la habitación de aquel hotel, esperando mi primer encuentro con la mujer que amaba...

Nunca hubiese creído que dos personas adultas se enamoraran a través de Internet, pero yo lo estaba y, además, era correspondido.  Nos habíamos enamorado de nuestras palabras chateando y de nuestros escritos del foro literario.  Relatos que describían nuestras vivencias, poemas que expresaban nuestros sentimientos, debates que reflejaban nuestro pensamiento y escritos humorísticos, contribuyeron a imaginarnos, querernos, desearnos y necesitarnos.

Pasaron los meses, nuestro amor fue en aumento y la necesidad de estar juntos se hacía cada vez más insufrible.  Fue inevitable que le propusiera conocernos en un primer encuentro muy discreto.  Nos atormentaba la idea de rivalizar contra la imagen idealizada y mágica, que cada uno había suscitado en la imaginación del otro.  Aquello que sentíamos podría ser producto de un sueño, de una fantasía que, como un espejismo, se disolviera con la vivencia real, física, de nuestra verdadera imagen y personalidad. 

“–Yo también deseo estar contigo. –Me dijo ilusionada– Pero… no te rías ¿eh? –Siguió con risa nerviosa– ¿Te vas a reír?– me preguntó.

Le dije que no me reiría fuese lo que fuese y me hizo prometérselo.

–Verás… –continuó– en realidad yo soy muy tímida y he pensado en una cosa que me ayudaría a romper el hielo.

–Vale, dime qué es, prometo que se hará como tú quieras– le dije yo y la animé para que continuara.

–Tú me esperas en la habitación a una hora.  Yo, cuando esté frente a la puerta te hago una perdida, para que sepas que he llegado.  Entonces apagas todas las luces para que la habitación esté a oscuras y entro.  ¿Te parece bien?

No me reí, comprendía su punto de vista y me gustaba que expresara su timidez.

–¡Claro que me parece bien!  –Le respondí– Pero con la condición de que pasado un rato, encenderé alguna luz.  Quiero verte y amarte tal como eres.

–¡Claro, cariño –asintió– yo también te quiero ver a ti; pero cuando mi timidez haya desaparecido!”

Y así fue cómo planeamos aquel encuentro, que estaba a punto de producirse: faltaban quince minutos eternos...

 

El espejo del armario reflejó mi cuerpo y me eché un vistazo con mirada crítica y preocupada.  Me vestí y ensayé con todas las lámparas para ver cuál luz encendería, que nos proporcionase suficiente luz para vernos, pero lo más suave y tamizada posible.  No quería que un exceso rompiese el encanto.

Por fin llegó la hora acordada y mi nerviosismo iba en aumento.  Temí que en el último instante ella no apareciera.  Pero la llamada se produjo y con una puntualidad que me sorprendió.  Mi corazón comenzó a saltar dentro de mi pecho, con una violencia estremecedora. 

Abrí la puerta y allí estaba ella.  Lucía una nerviosa sonrisa y expresión incierta, entre temerosa y esperanzada.  Su rostro era enmarcado por saludables cabellos castaños, con sendos mechones sobre sus sienes, que caracoleaban en graciosos rizos.  Sus ojos azules, intensos y almendrados, brillaban expectantes y reían gozosos acariciando cada uno de mis rasgos.  Nariz recta y proporcionada; labios carnosos, entreabiertos, receptivos y húmedos, promesa de besos soñados.  Sueños y promesas que por fin se harían realidad aquella noche.

Los dos nos quedamos por un momento quietos y callados: sobraban las palabras.  Nuestras almas hablaban el lenguaje íntimo y sutil de los sentimientos.  Se comunicaban su amor, su ternura y su pasión largamente refrenada.

Sentí tal emoción, que sólo acerté a decir con voz insegura y blanda:

 –¡Hola!...

Ella, más resuelta, pero con un rubor que tintaba sus mejillas, dijo con alegre ironía:

–¡Hola!  ¿Nos quedamos aquí o entramos?...

Maldije para mis adentros mi torpeza y me moví a un lado para que ella entrara en la habitación.  Al pasar junto a mi percibí el olor a rosas que desprendía su cuerpo y la tela de su vestido me rozó, provocándome un estremecimiento.  La seguí y cerré la puerta tras de mí.

En la penumbra de la habitación su silueta era más un misterio imaginado, que una realidad.  Se volvió y puso sus manos en mi nuca y acercó a los míos sus labios; mientras, su cuerpo turgente se apretaba con el mío, haciendo que una erección instantánea clavara mi sexo en su bajo vientre.  Al principio el beso fue suave y cálido, como explorándose unos labios y otros; luego fue apasionado, ardoroso y largo, que nos hizo perder el aliento hasta que nos separamos sofocados.

–¡Te quiero!... ¡Te quiero!  –Repetí con voz entrecortada.

–Y yo a ti, cariño –respondió ella, más segura de sí misma.

La tomé por la cintura y con blandura, pero con mi aplomo ya repuesto, la lleve hasta la cama, en la que quedamos sentados.

No sabíamos cómo empezar.  Durante un instante, que me pareció muy largo, estuvimos quietos intentando traspasar las tinieblas que nos envolvían.  Sólo veía su silueta y algún punto de luz reflejado en sus pupilas inquietas.  También sentía la tibieza de su cuerpo en mi brazo, pues aún la tenía abrazada por la cintura.  Le besé en los labios, le mordisqueé la oreja y mi boca buscó sedienta la piel de sus senos.  Por fin me decidí y le desabroché a tientas los botones de su camisa; le descubrí los hombros y acaricié la hondonada de entre sus pechos que, como un profundo valle de placer, suave, cálido y perfumado, vivificó mis sentidos y me excitaron.  Ella correspondía a mis caricias devolviéndome los besos, enredando sus dedos entre mis cabellos y, con placer, suspirando. 

Tanteé en su espalda y destrabé los corsetes del sujetador.  Sus pechos quedaron al descubierto y, con irrefrenado ardor, los besé.  Con blandura mordí y lamí sus pezones que de inmediato se atiesaron.  Para entonces la excitación de mi sexo era total y comencé a sentir la tirantez en la piel de mis testículos y la tensión del pene fuertemente apretado contra mi bragueta.

–¡Cariño, estoy mojada! –oí que me decía con voz entrecortada. 

Terminé de quitarle la camisa y me centré en quitarle la falda.  Ella se internó más sobre la cama y me dejó hacer.  Yo, como si de un rito sagrado se tratara, con emoción contenida, lentamente, disfrutando el momento le quité las bragas.  Tanteé su cuerpo, acaricié sus nalgas y llevado por mi deseo entre las piernas le llevé la cara y me sumergí en el éxtasis de sentir su sexo caliente en mis labios.  Lo besé, lo lamí lo mordí, le introduje los dedos y ella se estremecía con los juegos de mi boca y de mis manos.

De pronto me apartó y con prisa nerviosa me quitó la camisa, trasteó en la hebilla del cinturón, me bajó la cremallera, me quitó el pantalón y los calzoncillos.  Pronto quedé desnudo.  Ella se me abrazó y acabamos acostados los dos, abrazados y sintiendo nuestra piel ardiendo de deseo.  Una atmósfera de ternura, pasión y amor, envolvía nuestros cuerpos en efluvios perfumados con el olor natural de nuestros sexos.

Hice que se pusiera de costado y yo desde atrás, semierguido, entrecrucé mi pierna izquierda entre las suyas y al fin la penetré.  Lo hice con suavidad y movimientos lentos; luego, más rápidos, más enérgicos, mientras nuestros cuerpos se estremecían entre jadeos compasados.

Ella se agitó y se contrajo en un fogoso orgasmo.  Yo, cambiando de postura, besaba su boca y sus pechos, mientras recorría con maestría su cuerpo con las manos.

Encendí la lamparita y, ante mí, yacía desnuda sobre la cama en todo su esplendor. Tímida, ruborosas las mejillas, tensa y con las piernas aún cerradas, me ocultaba lo más íntimo de su sexo.  Con mirada enamorada anhelaba mis caricias.  Yo le sonreí e intenté ser tierno y comprensivo.

Mis ojos recorrieron con ansia y lentitud premeditada, aquel cuerpo tan deseado.  Con concentrada atención, memorizaba para siempre aquellas formas femeninas, mil veces por mí imaginadas.

Su piel era blanca, de textura suave y cálida; pechos generosos y bien formados, de gruesos pezones y aureolas rosadas.  Tenía el vientre ligeramente redondeado, con un gracioso ombligo que incitaba los besos de mis labios.  Delicadas curvas, que la hacían esbelta y delgada, su cintura moldeaban.  Las caderas eran anchas; sus muslos suaves, llenos y bien formados y su prominente pubis, poblado de vello cobrizo y anillado, me excitaba sobremanera. 

Me incliné sobre ella con ternura y la besé en el cuello, en la sien y en los labios.

–Mi amor… te quiero –murmuré con voz ronca y apasionada– ¡Dios… cómo te quiero!

Ella se estremeció…

Pasé con dulce suavidad las yemas de mis dedos por su garganta, sus delicados hombros y los laterales de sus pechos.  Vi, con placer, cómo su piel reaccionaba a mis caricias y cómo se estremecía a mi contacto.  Besé sus pezones y bajé mi boca apenas rozando hasta su ombligo y se lo humedecí con la lengua.  Ella, mientras, me acariciaba la nuca, los hombros y el pecho, y sentí su contacto placentero y cálido.

Al fin besé su pubis y ella, en un acto reflejo, alzó las caderas y entreabrió sus piernas en una invitación más íntima, mientras el deseo la inflamaba.  Comencé a lamer con dulzura su clítoris caliente, húmedo e hinchado y, de parte a parte, a todo lo largo, entre los abultados labios la punta de la lengua, con fruición fui pasando.  El olor natural de ella se hizo paso sobre el perfume a agua de rosas que despedía todo su cuerpo.  Mi excitación fue en aumento.  El deseo de poseerla me acuciaba, me enternecía y hacía que mi sangre ardiera en mis venas.  El aroma y el calor que su sexo despedía me vigorizaban y hacían que mi pulso se acelerase de forma inusitada.

Oí su respiración entrecortada y cómo, entre jadeos, me suplicaba que me tumbara junto a ella en posición intercambiada.

–Ven, –me decía con un hilo de voz– quiero sentir en mis labios, con mi lengua y en mi boca tu sexo.  Quiero sentirlo dentro de mí… ¡Quiero besarlo! 

Adoptamos la posición que ella me demandaba y estuvimos un rato gozando los dos.  Mientras yo me concentraba en su placer, sentía sobre la sensible piel de mi glande los besos de sus labios y el calor húmedo de su boca y cómo sus manos apretaban la base de mi pene y acariciaban con temerosa suavidad, como si temiera dañarlos, mis testículos ya inflamados.

De repente, ella se giró y, con deseo incontenido, subió a horcajadas sobre mí.  Nuestros sexos se acoplaron y sentimos el gozo de una penetración profunda y fácil.  Cabalgó con sabios movimientos de rotación, de atrás adelante y de arriba abajo, hasta que al unísono alcanzamos el placer en un común orgasmo que nos conmovió, que nos hizo gritar y nos dejó a los dos sin resuello.

Quedamos inmóviles, felices y abrazados; con el corazón acelerado, las almas unidas y los cuerpos sudando.  Al poco, nos exploramos los cuerpos, en todos los rincones nos besamos y, nada más me recuperé, seguimos toda la noche entre suspiros y sonrisas… amándonos. 

Quedamos exhaustos y con los cuerpos muy pegados, musitando palabras de amor, yo emocionado y ella de felicidad, con las lágrimas brotando.

–¿Hasta cuándo, amor?  –me preguntó con melancolía.

–¡Hasta siempre!… Habrá más encuentros –Respondí– Mientras, seguiremos el uno con el otro soñando y, a ratos, cuando se pueda, chateando.

Dormimos un par de horas fundidos en un abrazo, sin fuerzas y dulcemente relajados.

Al cabo, ella se levantó y se fue al baño; cuando volvió lucía radiante con sólo una toalla enrollada en su cabeza.  Se acercó a la cama y me besó con sedosos labios, apenas rozando, en la espalda y en los hombros.

-Cariño, levántate. –Dijo con un eco de tristeza– Has de irte pronto.

Me levanté y ella estaba allí, tan deseable y desnuda, mirándome con húmedos ojos.  La abracé y besé con desesperada pasión y allí mismo, de pie, la hice mía, penetrándola con contenida rabia.  Tal vez aquella fuese la última vez que hiciéramos el amor... 

••• 

La cercanía es hálito de vida, la nostalgia desgarra. El sexo en el amor es necesario, sin amor el sexo no es más que capricho y el capricho no tiene sentimientos. No fue un capricho nuestro encuentro. Los dos estábamos enamorados y por eso hicimos el amor. Pero nuestros sueños eran imposibles: ella estaba casada y nunca más volvimos a encontrarnos. 


Publicado por pedrolamart @ 20:39  | RELATOS
Comentarios (16)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 15 de febrero de 2007 | 20:47
Me gustó mucho tu relato, apasionado y lleno de amor, Saludos.
Mary
Publicado por la profe
Domingo, 22 de marzo de 2009 | 0:11
Al fin un relato de amor bien escrito, sin faltas. Muy bueno, te felicito.
Publicado por Invitado
Domingo, 01 de noviembre de 2009 | 1:06
Me gusto tu relato, describe con facilidad los que estan sintiendo en el momento.
Publicado por luciana22
Lunes, 07 de junio de 2010 | 21:34
hola muy buena se diferencia de los relatos comunes Sonrisa
Publicado por Invitado
Viernes, 18 de junio de 2010 | 3:08

Enhorabuena por tu relato, al leerlo puedes trasladarte a esa habitacion de hotel y sentir el ambiente . MUY BUENO

PILAR

Publicado por Invitado
Lunes, 05 de julio de 2010 | 2:22

pero,...finalmenteee...como terminaronnnnn???

Publicado por Invitado
Viernes, 30 de julio de 2010 | 1:05

Me encanto este relato y me resulto como una fantasia erotica.. muy bien escrito...

y muy sensual y erotico... me hizo desear estar con el....

 

Strella

Publicado por Invitado
Jueves, 11 de noviembre de 2010 | 6:28

excelente, realmente no esperaba leer algo asi. te felicito continua que tienes un buen futuro como escritor.saludos

Publicado por Invitado
Domingo, 05 de diciembre de 2010 | 10:31

Que tierno relato.... y me lleno de entre tristeza y amor, puesto que eso me esta pasando (es raro y chistoso pensar que algo que lei, se esta haciendo realidad poco a poc)... Cuidate y sige escribiendo.

Publicado por Invitado
Domingo, 22 de abril de 2012 | 2:23

exelente relato es exactamente lo que me esta pasando con una chica y me diste una gran idea de como ser nuestro primer encuentro con poca luz y seguir los mismos pasos paera hacer el amor vieras como ya lo estoy deceando en este momento 

Publicado por Invitado
Miércoles, 27 de junio de 2012 | 21:03

exelente ^^ muy bueno relata con facilidad todo el placer que sintieron en el momento un corta pero exelente historia Sonrisa felicitaciones asi es que se escribe el amor el sexo el placer pero sin ningun tipo de vulgaridad Flash

Publicado por campanita
Lunes, 17 de septiembre de 2012 | 1:26

Me encantó tu relato pues me siento 100 por ciento interpretada, me llegó profundamente, el amor  de ellos es igual al mío, a urtadillas con pasión, lujuria, cariño y desbordante. ¡gracias!

Publicado por Invitado
Sábado, 02 de marzo de 2013 | 6:04

que lindo este relato, pasé siete años de mi vida esperando por ese momento y nunca llegó Dios sabe por qué no suceden las cosas, pero si lo deseaba porque me enamoré de verdad

Publicado por A. Sanmartin Molina
Miércoles, 28 de agosto de 2013 | 21:10

...impresionante!!!! Quizas sea autobiografica, quizas sea un calco de las experiencias de mi destino!!! ...quizas esta historia no este acabada, quizas por esos caprichos del destino nos volvamos a ver!!!!EXCELENTE

Publicado por Invitado
Sábado, 26 de octubre de 2013 | 0:42

YO VIVI Y AUN SIGO VIVIENDOLA UNA  HISTORIA MUY PARECIDA, PUES CONOCI A MI ACTUAL PAREJA POR INTERNET, NOS COMPENE TRAMOS TANTO QUE CASI HACIAMOS EL AMOR A TRAVES DEL TECLADO, NOS CONOCIMOS EN UN HOTEL, Y YA LLEVAMOS TRES AÑOS JUNTOS, NO NOS SEPARAREMOS NUNCA SOLO CUANDO LA MUERTE LO HAGA, ESA HISTORIA DEBE SEGUIR..

Publicado por Invitado
Martes, 12 de noviembre de 2013 | 11:24

Muy buen ralato. El modo de escribir, sin vulgaridades, pausado, detallando cada instante del encuentro, es extraordinario. No eres un simple aficcionado a la escritura, se nota. Me quito el sombrero.