Viernes, 16 de febrero de 2007
UN PARA?SO PERDIDO



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En 1.959 yo viv?a en M?laga con mi t?a Isabel, hermana de mi padre, y su marido, mi t?o Faustino. Mi t?o era capataz en una finca llamada La Isla, a pocos kms. de M?laga, en la carretera de Torremolinos, justo en la desembocadura del r?o Guadalhorce.
En su curso final, antes de desembocar en el mar, ?ste r?o se bifurca en dos, formando una isla de tres kms. por dos. Era una tierra feraz en la que crec?a todo lo que se plantase, desde ?rboles frutales, ca?as de az?car, algod?n, remolacha y c??amo, hasta chirimoyos, aguacates y hortalizas. Adem?s, a todo lo largo de ambos brazos del r?o exist?a un bosquecillo de ?lamos, jarales, juncos, zarzas y diversas especies de matorrales, que conten?an una gran riqueza de peque?os roedores y todo tipo de reptiles. Esta exuberante vegetaci?n, desgraciadamente, tambi?n hace tiempo que ha desaparecido.


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Recuerdo mis largas estancias en aquel para?so con nostalgia y con la pena a?adida por la destrucci?n que ha sufrido durante los ?ltimos treinta a?os, que la hace irreconocible. En ese espacio, el due?o de la finca decidi? abandonar parte a las labores agr?colas y vender miles de camiones de arena. El resultado fue la desaparici?n de dunas junto a la playa en las que anidaban tortugas, la depredaci?n y la pobreza del terreno y la creaci?n de enormes socavones.

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Desde hace unos a?os los poderes p?blicos han proyectado un parque peri urbano y han decidido declararle paraje protegido, dada su riqueza biol?gica y, sobre todo, ornitol?gica; ya que un sin fin de aves: garzas, garcetas, ibis, flamencos y otras muchas especies de grandes y peque?os p?jaros, o anidan all? o hacen un alto en su peregrinar desde Europa a ?frica y su regreso. Adem?s, a la orilla del r?o, hace a?os aparecieron las ruinas de una ciudad fenicia, que por su extensi?n son las m?s importantes encontradas en occidente de esta cultura.

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Se supone que es la original Malaca. Existe tambi?n el proyecto de construir un parque arqueol?gico en ese lugar.
Pues bien, muchas temporadas me llevaban mis t?os con ellos, pues no ten?an hijos y mis padres fueron bendecidos nada menos que con siete reto?os. En casa de mis padres reinaba una constante, pero feliz algarab?a y, aunque la econom?a de la casa era bastante corta y se pasaban algunas carencias, visto con la perspectiva del tiempo pasado, creo que ?ramos bastante felices. Sin embargo, a pesar de la pena por la separaci?n, el sobrino o sobrina que mis t?os se llevaban se iba feliz, ya que los caprichos y, por qu? no decirlo, la dieta tan diversa y equilibrada de la que disfrut?bamos en la Isla era bastante mejor que la que en mi casa dispon?amos. Adem?s en la finca ?ramos m?s libres que en la ciudad para disfrutar de los juegos y las correr?as propias de la ni?ez y hab?a una playa larga, ancha, llana y arenosa, en la que pod?amos ba?arnos todos los d?as.

Las casas estaban situadas al principio de la finca, justo en la bifurcaci?n de los dos brazos del r?o; por lo tanto, hasta la playa, hab?a unos tres km. que recorr?amos a veces caminando y otras disfrutando de la sombra de su arcado toldo, en una tartana tirada por un viejo y manso caballo. Hay un recuerdo que podr?a haber sido inmortalizado por alg?n impresionista franc?s: en el tiempo de la zafra cientos de "ca?eros" cortaban las ca?as de az?car y con carretas (a?n no hab?a tractores) las llevaban a la f?brica. Nuestra tartana avanzaba por el carril y con frecuencia hab?a que apartarse del camino para dar paso a las carretas y prosegu?amos entre los cantes por buler?as o peteneras y alg?n otro fandango que entonaban los ca?eros, mientras hac?an su trabajo ba?ados en sudor y con todo el cuerpo tiznado, ya que antes de cortar las ca?as les prend?an fuego para exfoliarlas. El resultado era que estaban todos negros de holl?n.

A veces ote?bamos a lo lejos la inconfundible figura de "el t?o de la cachimba" (mote puesto por m?, porque llevaba entre sus dientes una enorme pipa, siempre apagada. En realidad no fumaba, pero dec?a que aquel "instrumento" le daba un aire m?s imponente) Cabalgaba sobre un caballo blanco, sombrero de paja y un mosquet?n al hombro o en su funda, que colgaba de la silla en el flanco derecho. El cachimba era el guarda de la finca, se llamaba Manuel, hab?a sido guardia civil y gastaba "muy malas pulgas", pero en el fondo, muy en el fondo, era un pedazo de pan. Sol?a alardear de gestas sin cuento, protagonizadas por ?l, cuando por las playas de Estepona acechaba y, c?mo no, apresaba a miles de contrabandistas, por supuesto, ?l s?lo.

Aqu?l a?o, 1.959, se consum? uno de los hitos m?s importantes para un ni?o: el 24 de mayo hice mi primera comuni?n y, naturalmente, vinieron mis padres desde Ja?n, "invitados" para tal evento. Yo llevaba en la Isla m?s de un a?o y seguir?a all? hasta septiembre de 1.960, para reiniciar mis estudios en una escuela de Ja?n. Aquellos dos cursos los realic? en M?laga, en una escuela rural de grosero tapial encalado, en mitad de una plantaci?n de ca?as de az?car y al borde de la, por entonces, estrecha y adoquinada carretera. Todos los d?as camin?bamos varios km. por aquellos carriles de tierra y desde distintos sitios, los ni?os de los alrededores.

Recuerdo que el cura que nos daba catequesis ven?a desde Torremolinos en un viejo chevrolet carcomido y renqueante y le ocurri? un accidente que, una vez pasado el susto, sirvi? de comidilla y jolgorio entre las gentes de los contornos: ten?a al veh?culo tan oxidado, que del traqueteo en los adoquines, nada m?s pasar el puente de la Azucarera, se parti? en dos. De modo que la parte trasera fue a la cuneta dando tumbos, y la delantera, con el cura sentado en el asiento y la sotana blandiendo al viento, sigui? unos cien metros entre chispas de la chapa contra el suelo y un chirriante y atronador ruido. Cuando el medio coche por fin par?, la palidez del pobre cura casi resplandec?a, en contraste con el negro de la sotana y del sombrero de teja que llevaba. El cura se santigu? tembloroso y, sin poderlo remediar, rompi? en sonoros sollozos, del miedo que hab?a pasado.

Aquellas estancias en la Isla las recuerdo con gran cari?o, aunque la memoria me juega malas pasadas. Si adem?s se quiere expresar sentimientos, podr?is valorar lo dif?cil que me resulta relatar un sue?o aterrador que tuve ese a?o, con mi abuela, en el mes de septiembre. En verdad, qu? limitado es mi lenguaje para expresar lo inusual y trascendente. Busco adjetivos y sustantivos que describan con la necesaria riqueza y sobrados matices las sensaciones, el terror y la impotencia que sent? en aquella pesadilla, cuando ten?a poco m?s de ocho a?os. Por encima de la tragedia, al margen del amor que sent?a por mi abuela, lo que hoy me desanima es mi impotencia para expresarme.


Publicado por pedrolamart @ 22:12  | PERSONALES
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Comentarios
Publicado por Invitado
Viernes, 16 de febrero de 2007 | 22:40
Solo decirte que al igual que t?, disfrut? el amor de una abuela madre extraordinaria. Igualmente viv? en mi primera infancia despelotado en un poblado rodeado de exuberante vegetaci?n, selva tropical. Bien