viernes, 06 de abril de 2007
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ACAMPADA



La pandilla, en plena mocedad, había decidido ir de acampada. Eran cinco chicas y tres chicos que ansiaban aventuras y sentir nuevas sensaciones. Se cruzaron con una comitiva de aldeanos que caminaban tras el cura, en rogativa, pidiendo la lluvia; aquello fue hilarante para ellos, pues cada incidente, por nimio que fuese, les hacía reír. Ágiles e inquietos, gozaban, más que de las aventuras vividas, de sus ganas de sentir la propia vida.

Habían recorrido empinados senderos y escalado un farallón elevado y accidentado. A pesar de su buena forma física, cargados de abultadas mochilas, acabaron derrengados por el cansancio. Por fin acamparon en un calvero, desde el que podían admirar buena parte del valle.

El horizonte resplandecía anaranjado, con los últimos reflejos del Sol. Sara se estremeció y decidió abrigarse; había hecho un día caluroso y la actividad les hizo aligerarse de ropa. Ella se encargaría de preparar una cena compuesta de chuletas de cordero y chorizos ibéricos braseados, también asaría unos níscalos, que habían recogido por el camino. Se sonrió cuando recordó el temor de María “¡eso no serán setas venenosas!” Aquella chica de ciudad, no habría podido distinguir la diferencia entre una seta venenosa, con un rábano.

Mientras que el grupo se afanaba en montar las tiendas, ella avivaba el fuego en un tosco hogar improvisado; mientras, percibía el sonido del agua en la cercana cascada y el suave rozar de la brisa entre las agujas de los pinos. Aquellos sonidos daban templanza a su ánimo. Unos momentos antes habría asesinado de buen grado a la arpía de Clara.

“Sé muy bien que Clara es la más atractiva de todas y que yo soy más bien fea: tengo tan mal hecha la nariz, que parece un garabato. Pero eso no le da derecho a coquetear ante Roberto, sabiendo que mi máxima ambición es conquistar su amor”

Sara miró de soslayo al grupo y vio cómo Roberto babeaba contemplando arrobado a Clara. Un rictus de crueldad atiesó las comisuras de sus labios y el rojizo resplandor de los tizones endurecieron aún más sus facciones. ¡La odiaba! Odiaba a aquella putita inconsciente y superficial. Suspiró aliviada, de saber que su pensamiento era hermético para los demás.

“¡Maldita furcia… te mataría sin remordimiento alguno!” Se dijo sonriente, mientras colocaba con parsimonia y actitud calculadora, los níscalos sobre una lasca de piedra plana y caliente, por el efecto de las brasas.

Publicado por pedrolamart @ 1:50  | RELATOS
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