Lunes, 07 de mayo de 2007
REGALITO Y MONTENEGRO

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Regalito y Montenegro eran dos masas negras y enormes; su lustroso pelaje reflejaba apagados destellos negro-azulados, cuando los rayos del sol les incidían de soslayo. Eran muy mansos y poseían largos y gruesos rabos, con los que mantenían a raya a las moscas. Tenían unas astas descomunales y sus ojos, muy grandes, siempre parecían adormecidos, de mansos que eran. Uncidos al yugo, tiraban impasibles de la pesada carreta, colmada de cañas de azúcar. Seguían a ciegas las indicaciones del boyero que, entre los surcos y caminos, les conducía. Él era el sentido de sus vidas su amigo y su Dios. Siempre iban rumiando, lentos, cansinos e imponentes, pendientes de las indicaciones de su guía. Atendían a su nombre prestos a seguir a aquel hombre que, con voz cantarina, pero firme, repetía sin cesar:

“¡Regaliiiito!… ¡vamos Monteneeeegro! ¡Ah! Qué bonitos son mis bueyes. Qué obedientes son mis niños. ¡Vamos allá, Montenegro… empuja fuerte Regalito! Sois mi alegría y la admiración de todos… ¡Vamos allá!...”

Estaban tan acostumbrados a su guía, que su voz y figura prevalecía para ellos, sobre todas las cosas. Juan les cuidaba y alimentaba; con ternura acariciaba sus lomos, rascaba su testuz y les abrazaba con verdadero amor. Las bestias le adoraban y por él se esforzaban buscando su aprobación. Avanzaban incansables y obedientes a la voz y la vara de Juan, que les animaba a seguir y les indicaba el camino. Los tres eran felices con su rol: uno guiándoles y los otros adorándole. Formaban un trío de corazones, que latían a compás.

Aquellos animales me fascinaban y, a pesar de sentir recelo, a veces me atrevía a tocarlos. Ellos me miraban y mugían levemente, manteniendo la quietud, para no espantarme. A mí me atraían y ellos gozaban con el contacto, de una criatura a la que intuían por mi corta edad, abierta a la vida y al amor. Yo, para ganarme su confianza, llenaba su pesebre de paja, heno y granos de maíz y, poco a poco, creamos lazos de amistad.

Sucedió que un mal día Juan no apareció y en su lugar les vino a guiar un ser mal encarado, impaciente y cruel. Sin hacerse conocido de ellos, ni importarle su amistad, aquél tipo les aguijoneaba los flancos, queriendo por la fuerza imponer su autoridad. Aquellas dos moles de casi tres toneladas cada una, no se dejaban avasallar y, sin sentirse obligados hacia aquel hombre, impasibles esperaban la venida de Juan. Casi no comían y menos aún obedecían a quien con malos tratos los torturaba. Los animales, en su enormidad, echados en el suelo del tinado aguantaban los improperios de quien no ganaba su voluntad, sino que quería quebrantar con gritos, palos y amenazas la majestad de criaturas tan especiales.

De repente Regalito se levantó y, con un bramido ensordecedor, con pasmosa facilidad rompió la cadena que, gruesa como el brazo de un hombre, le sujetaba a una argolla anclada en el muro de piedra. Destrozando lo que a su paso encontró, arremetió contra su acosador. El hombre espantado, gritando de terror, huyó ágil a un tinado colindante y cerró a tiempo la puerta de gruesa madera reforzada con herrajes. Faltó muy poco para ser alcanzado. Montenegro acudió solidario junto a Regalito y al unísono asestaron a la puerta sendos golpes. Saltaron astillas, los muros temblaron, los goznes se dislocaron y de los herrajes saltaron chispas. ¡La fuerza de aquellas bestias era formidable!

A los gritos de socorro acudieron varios hombres, que no sabían qué hacer, ni se atrevían a acercarse a los bueyes. Éstos seguían en su empeño de alcanzar al maltratador y siguieron corneando con ahínco la puerta que ya cedía. Todos le daban ya por perdido y, pensando que las bestias no cejarían hasta matarlo, buscaron al Cachimba y a su mosquetón. Cuando la puerta saltó destrozada y Manuel se decidió a apretar el gatillo, apareció Juan gritando:

“¡Alto! No dispares Manuel”. Y dirigiéndose resuelto a los espantados animales les habló con voz firme y a la vez cariñosa… “¡Montenegro!… ¡Regalito!... Tranquilizaos. ¡Ea, mis niños! Tranquilos, preciosos…”

Así les susurraba y, mientras acariciaba sus lomos, fue apaciguando la furia de las bestias. Los bueyes, obedientes a la voz de su amigo, cejaron en su empeño y con graves, pero más tranquilos mugidos, a su manera explicaron a Juan sus justificados argumentos. Juan se abrazó a ellos y con dulces palabras les condujo fuera del tinado y todo volvió a la normalidad.

Aquél insensato, feliz de conservar la vida y con el miedo metido en el cuerpo, se fue de la Isla y ya nunca más se supo de él.


Publicado por pedrolamart @ 21:33  | PERSONALES
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