Odiaba su profesión. La presión de los jefes, los objetivos imposibles y, sobre todo, el desprecio de los clientes, hacía del vendedor un ser desesperado.
Cuando aquel individuo se avino a recibirle, después de varios plantones, de manera displicente le dijo que no perdería el tiempo con él. La impotencia, la rabia y un resto de dignidad, hicieron que el canto metálico del maletín fuese incrustado en su cráneo. La ley consideró delito aquel hecho y condenó, injustamente, al vendedor.