jueves, 17 de mayo de 2007
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ESTRÉS


Odiaba su profesión. La presión de los jefes, los objetivos imposibles y, sobre todo, el desprecio de los clientes, hacía del vendedor un ser desesperado.
Cuando aquel individuo se avino a recibirle, después de varios plantones, de manera displicente le dijo que no perdería el tiempo con él. La impotencia, la rabia y un resto de dignidad, hicieron que el canto metálico del maletín fuese incrustado en su cráneo. La ley consideró delito aquel hecho y condenó, injustamente, al vendedor.

Publicado por pedrolamart @ 13:55  | MICRO RELATOS
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Comentarios
Publicado por Invitado
sábado, 12 de enero de 2008 | 0:35
genial,pedro

mas de uno se mereceria eso

Joaquin