La nieve sepultaba su cuerpo sin vida. Entre las sombras del sórdido callejón, adivinó sus ojos abiertos, sus pestañas congeladas y una postrera lágrima condensada en su rostro. El mendigo se sintió libre de hambre y frío. Pensó, mientras ascendía su espíritu, que aquella blanca Navidad, había sido la mejor.