Mi?rcoles, 23 de enero de 2008



NO ESTAMOS SOLOS

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CAP?TULO II



Beatriz comprob? por en?sima vez el estado de los sistemas. Todo parec?a funcionar correctamente, como as? le indicaban los diversos gr?ficos que aparec?an en las pantallas, actualizados al segundo.

El potente ordenador, incansable, enviaba y recib?a constantes ?feed Back?s? de la intrincada y compleja red de equipos, que controlaban la temperatura, la pureza del aire, los sistemas de alimentaci?n y los de seguridad activos y pasivos.

Ante ella, parpadeaban los leeds de los equipos de medida y los cron?metros de precisi?n electr?nicos.

Todo era testado a tiempo real por aquel cerebro artificial, de ?ltima generaci?n, que generaba en su alma una indefinible ansiedad, aunque le insuflaba certidumbre operativa. Sent?a inquietud por aquella fr?a precisi?n, castradora de toda intuici?n humana.

La computadora era autosuficiente y la supervisi?n de los ingenieros y operarios serv?a, en realidad, s?lo para afirmar la so?adora sensaci?n de que la m?quina, no era m?s que una servil herramienta, supeditada a la voluntad de sus creadores.

Los hombres eran semidioses creativos y las m?quinas, aut?matas limitados a las funciones para las que fueron dise?adas. Nada en aquella simbiosis era gobernado por el azar. Nada escapaba a su control y las posibilidades de error, se reduc?an a espor?dicos fallos humanos.

El sarc?fago contenedor de los elementos m?s sensibles, estaba ingeniosamente ideado a prueba de terremotos, incendios o inundaciones; bruscos cambios clim?ticos y guerras nucleares o electr?nicas.

La gruta en la que fue ensamblado, estaba enclavada a cuarenta metros de profundidad, horadada en roca viva y en un lugar con actividad s?smica y volc?nica nula, desde hac?a miles de a?os.

Todo parec?a bajo control y Beatriz comenzaba a sentirse liberada de la tensi?n de los ?ltimos d?as; sin embargo, a pesar de su preparaci?n t?cnica, no dejaba de inquietarle tanto automatismo que, parad?jicamente, adem?s de fascinarla, acentuaba su sensaci?n de impotencia ante cualquier anomal?a.

Aquella ma?ana se incorpor? a su puesto antes de amanecer, pues su inquietud hab?a hecho in?tiles sus intentos de dormir y, lejos de conseguir el necesario descanso, la incertidumbre sobre el resultado de la visita que esperaban, le hac?a permanecer alerta y temerosa, de que alg?n contratiempo les privaran de un contrato tan importante.

Juan, su admirado y querido jefe, del que secretamente estaba profundamente enamorada, hab?a apostado toda su fortuna en aquel proyecto. Si no consegu?an pasar el ?ltimo filtro, no s?lo perder?an la carga de trabajo de los pr?ximos cinco a?os, sino que acabar?an en la m?s absoluta ruina.

Mir? ansiosa el reloj. Faltaban unos minutos para las siete de la ma?ana y la f?brica comenz? a humanizarse con la llegada de los operarios, que ocupaban sus puestos, con la ilusi?n de vivir una trascendente jornada: los ?americanos? estar?an all? sobre las 11:00 horas y todo deb?a estar en perfecto estado de revista.

Dese? la pronta llegada de Juan que, con su sola presencia, insuflaba seguridad y entusiasmo. ?l no tardar?a ya en llegar, de hecho, le extra?aba no sentir su cercan?a y, sin saber el motivo, su instinto le hac?a sentir una incomprensible desaz?n. Esperar?a diez minutos y, si ?l no hab?a llegado, le llamar?a al m?vil.

A pesar de no ser creyente, balbuce? una singular oraci?n y pidi? a un Dios apenas recordado por ella, que ninguno de sus negros presagios se hicieran realidad. Se sent?a superada por su responsabilidad, y la amargura de su solitaria vida, s?lo se dulcificaba cuando Juan estaba junto a ella.

- Ven pronto, mi vida- murmur? con arrobado apasionamiento.

- Te necesito a mi lado, mi amor?



CONTINUAR?

Publicado por pedrolamart @ 21:56  | RELATOS
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