Beatriz comprobó por enésima vez el estado de los sistemas. Todo parecía funcionar correctamente, como así le indicaban los diversos gráficos que aparecían en las pantallas, actualizados al segundo.
El potente ordenador, incansable, enviaba y recibía constantes “feed Back’s” de la intrincada y compleja red de equipos, que controlaban la temperatura, la pureza del aire, los sistemas de alimentación y los de seguridad activos y pasivos.
Ante ella, parpadeaban los leeds de los equipos de medida y los cronómetros de precisión electrónicos.
Todo era testado a tiempo real por aquel cerebro artificial, de última generación, que generaba en su alma una indefinible ansiedad, aunque le insuflaba certidumbre operativa. Sentía inquietud por aquella fría precisión, castradora de toda intuición humana.
La computadora era autosuficiente y la supervisión de los ingenieros y operarios servía, en realidad, sólo para afirmar la soñadora sensación de que la máquina, no era más que una servil herramienta, supeditada a la voluntad de sus creadores.
Los hombres eran semidioses creativos y las máquinas, autómatas limitados a las funciones para las que fueron diseñadas. Nada en aquella simbiosis era gobernado por el azar. Nada escapaba a su control y las posibilidades de error, se reducían a esporádicos fallos humanos.
El sarcófago contenedor de los elementos más sensibles, estaba ingeniosamente ideado a prueba de terremotos, incendios o inundaciones; bruscos cambios climáticos y guerras nucleares o electrónicas.
La gruta en la que fue ensamblado, estaba enclavada a cuarenta metros de profundidad, horadada en roca viva y en un lugar con actividad sísmica y volcánica nula, desde hacía miles de años.
Todo parecía bajo control y Beatriz comenzaba a sentirse liberada de la tensión de los últimos días; sin embargo, a pesar de su preparación técnica, no dejaba de inquietarle tanto automatismo que, paradójicamente, además de fascinarla, acentuaba su sensación de impotencia ante cualquier anomalía.
Aquella mañana se incorporó a su puesto antes de amanecer, pues su inquietud había hecho inútiles sus intentos de dormir y, lejos de conseguir el necesario descanso, la incertidumbre sobre el resultado de la visita que esperaban, le hacía permanecer alerta y temerosa, de que algún contratiempo les privaran de un contrato tan importante.
Juan, su admirado y querido jefe, del que secretamente estaba profundamente enamorada, había apostado toda su fortuna en aquel proyecto. Si no conseguían pasar el último filtro, no sólo perderían la carga de trabajo de los próximos cinco años, sino que acabarían en la más absoluta ruina.
Miró ansiosa el reloj. Faltaban unos minutos para las siete de la mañana y la fábrica comenzó a humanizarse con la llegada de los operarios, que ocupaban sus puestos, con la ilusión de vivir una trascendente jornada: los “americanos” estarían allí sobre las 11:00 horas y todo debía estar en perfecto estado de revista.
Deseó la pronta llegada de Juan que, con su sola presencia, insuflaba seguridad y entusiasmo. Él no tardaría ya en llegar, de hecho, le extrañaba no sentir su cercanía y, sin saber el motivo, su instinto le hacía sentir una incomprensible desazón. Esperaría diez minutos y, si él no había llegado, le llamaría al móvil.
A pesar de no ser creyente, balbuceó una singular oración y pidió a un Dios apenas recordado por ella, que ninguno de sus negros presagios se hicieran realidad. Se sentía superada por su responsabilidad, y la amargura de su solitaria vida, sólo se dulcificaba cuando Juan estaba junto a ella.
- Ven pronto, mi vida- murmuró con arrobado apasionamiento.