
Poco a poco, le desnudó de su autoestima y odiaba el vacío de su vida.
La amaba con exageración; pero sabía que era reo de su tiranía y objeto de su posesivo capricho. No pudo más. Una explosión de ira le enajenó y se abalanzó sobre ella, apretando su cuello hasta que, desmadejada e inerte, cayó a sus pies desprovista de vida.
Cuando fue consciente de lo hecho, una mezcla de gozoso alivio y terrible pena le embargó y gritó con dolorido acento:
- ¡Muere, maldita!... ¡Dame la libertad y muere!...
Y entre sollozos suplicaba, impotente y arrepentido:
- ¡No te vayas, mi vida!... ¡¡¡No me dejes… mi amor!!!...
Se le rompió el alma, la mente y el corazón.
Ahora, en una celda acolchada, sólo vive para recordarla, ajeno de toda realidad.