Lunes, 22 de septiembre de 2008

 

La Paloma blanca

 

En tierras de olivos, donde los caminos se cruzan y la historia milenaria dejó pasados esplendores, nació y vivió un héroe anónimo, cuya epopeya no se cuenta en los libros, pero sobrevive en los corazones de las gentes sencillas que le conocieron.

En aquél país de contrastes, en el que la opulencia era ofensa para la mayoría con estómagos vacíos y vestiduras harapientas, fue exterminada la Paloma con vesania fraticida.

Atrapado en un infierno de destrucción, miseria y muerte, todo lo bueno de aquél noble pueblo parecía haber llegado a su fin, pues muchos se encanallaron, inmersos en aquel apocalíptico ambiente. Sin embargo, nuestro heroico joven, arriesgando su propia vida, intimidó a los soldados que arqueaban ya sus dedos sobre los gatillos y se disponían a ejecutar a su llorosa y suplicante presa.

Transcurridos tres largos años, por fin el Arco Iris apareció en el horizonte revestido de mil colores, proyectando sobre los supervivientes la luz de la esperanza y la alegría de vivir. Pero aún la pesadilla perduró interminables inviernos para los vencidos, mientras una perenne primavera acunaba amorosa y feliz a los vencedores, que se vanagloriaban del favor del Dios al cual servían; mientras, explotaban a muchos y fusilaban a otros tantos, junto a las cunetas o a las tapias de los cementerios.

El héroe de nuestra historia vio pasar el tiempo con lentitud exasperante, mientras sus camaradas morían fusilados o por causa de las torturas, el hambre y las enfermedades. Algunos agonizaban, gangrenadas sus heridas infectas, que nadie se molestaba en curar. Él consiguió vivir, aunque su vida pendía de la suerte o del cansancio de los verdugos, a los que les faltaba tiempo y energía para intensificar su limpieza.

En aquella ciudad era persona principal del impuesto régimen, el hombre al que tan valerosamente salvó; pudo hacerlo, pero no quiso interceder por su salvador, temeroso de importunar a alguno de los suyos con debilidades impropias de su bizarra estirpe, llamada a gloriosas gestas y altas consignas.

Transcurrido el tiempo, a la amargura por la humillante derrota, le sumó la preocupación de mantener a la familia dignamente. En ocasiones, él era vetado para ocupar un puesto digno de trabajo y, cuando conseguía trabajar, lo hacía sin descanso por un salario miserable.

Poco a poco el paso del tiempo, que cura las heridas del cuerpo y casi cicatriza las del Alma, hizo que la paz se normalizara y, gracias a su capacidad de trabajo y su gran profesionalidad, su vida trasegó por senderos llanos y reconfortantes; aunque ya estaba marcado por el horror y las injusticias sufridas.

Dejad la blanca Paloma volar,

con esa ramita verde de olivo.

Dejadle transcurrir su vida en paz,

por mansos y apacibles caminos.

Sin fusiles, sin salvadores o héroes,

sin vencedores, ni tristes vencidos.

Dejad a las gentes prosperar libres,

construyendo en paz y no demoliendo.

Dejadles sembrar en paz el espíritu,

de un ser trascendente, casi divino.

Dejad la blanca Paloma volar,

con esa ramita verde de olivo.

¡Recordad! Que no caiga en el olvido,

para perdonar y no repetir,

aquél horror, hace tiempo vivido.

Que los muertos se sepulten en paz,

dejad las heridas cicatrizar;

pero sabed que el germen sigue vivo

y la intolerancia fatal nos ciega,

poniendo a la blanca Paloma a tiro.


Publicado por pedrolamart @ 22:10  | PERSONALES
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