Lunes, 14 de diciembre de 2009




VALENTINO Y LA LLAMADA DEL AMOR

Valentino era un patito tan jovencito, que recién comenzaba la aventura de la vida. Su abrigo era aún de suave plumón y sus movimientos, torpes e indecisos, movía a la ternura de cuantos le observaban. Miraba sorprendido y gran curiosidad a su alrededor, y se maravillaba de los sonidos, olores y sensaciones que percibía. No conocía el miedo, el llanto ni el dolor y era feliz viviendo las cosas amables de la vida. Los juegos con sus hermanos, los chapuzones en el estanque, la estela que fluía tras su navegar, eran todo un universo de diversión. Su insaciable curiosidad le hacía adentrarse en continuas aventuras, que a veces ponían en peligro su integridad.

Una vez fue tan atrevido, que se acercó demasiado a una serpiente que le llamó la atención con su siseo, su lengua bífida y su hipnotizadora mirada. Su mamá le reprendía con enérgicos ¡Cuac!, ¡Cuac!... preocupada por su inconsciencia; aunque se hallaba muy orgullosa de los avances que adquiría, en el difícil oficio de la vida.

- ¡Cuac, Cuaac!,.. ¡Cuán despierto es mi patito!... – decía ufana.

- ¡Qué orgullosa estoy de él!...

- ¡Será el rey de la bandada!

- ¡Cuac, Cuaac!... ¡Es el más bello de este vergel!

Un día, llevado por su instinto aventurero, realizó la traviesa proeza de alejarse del estanque y de su mundo conocido. Se alejó tanto, que se perdió entre el ramaje de los arbustos, tan tupidos y espesos, que no le dejaban ver más allá de unos palmos de terreno. Al principio se alegró de verse a solas, sin la protectora presencia de mamá pata, que con su celo le hacía sentir preso de caprichosos e infundados temores, que sólo servían –según él creía- para refrenar sus legítimos antojos de explorar sin cortapisas el mundo; pero conforme pasaba el tiempo, hambriento y aterido, comenzó a percibir un sentimiento nuevo, que le hizo añorar los cuidados y el cariño de su mamá. La incertidumbre le abrumaba y se sentía desvalido, ante los peligros que tal vez le acecharan, aunque no los comprendiese, pero que intuía con mayor realidad, según pasaba el tiempo.

- ¿Qué haces aquí tan solo, patito?... Le preguntó una tortuga, que por allí acertó, lentamente, a pasar...

- Estoy perdido... ¡No sé dónde está mi mamá!...

- De aquí no te muevas... ¡No vayas más allá!... Los peligros que te acechan, no los podrás sortear... Buscaré a tu mamá y te vendrá a buscar.

Valentino se arrebujó entre las musgosas raíces y se dispuso a esperar. Tenía el corazón encogido, el estómago vacío y aumentaba su ansiedad, conociendo sensaciones que no sintió jamás. La tarde se agrisaba, la luz desaparecía, la noche caía sobre aquel lodazal, y su alma conocía el terror de la soledad.

- ¿Mamá dónde estas?... Ven a rescatarme... ven a arrebujarme entre tus plumas con tu calidez y bondad...

 

Aquél día la zorra estaba hambrienta, no consiguió nada que cazar y sin haberlo perseguido, por un casual, al patito logró hallar.

- ¡Hola patito! ¿Cómo estás?...

- Estoy aburrido, esperando a mi mamá...

- ¿Está cerca tu mamá?...

- No lo sé... La tortuga le fue a buscar...

Las tripas de la zorra se pusieron a cantar, intuyendo el sustento, que le proveía aquél manjar.

Era tan apetitoso y lozano, que la zorra se relamía, felicitándose por el hallazgo de tan tierno ánsar y babeando, como anticipo del festín a gustar, se acercó al patito, con ánimo de cenar.

Valentino la miró con tan desvalida indefensión, que el instinto de madre que la zorra sintió, hizo a sus tripas acallar y protegiendo al patito le consoló y arropó, hasta que la mamá patita apareció.

Moraleja: Nada hace triunfar a la vida, como la maternal intuición; nada al corazón sensibiliza, como la llamada del amor.


Tags: Cuentos, fábulas, moralejas

Publicado por pedrolamart @ 23:46  | CUENTOS
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