Lunes, 25 de octubre de 2010

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UN D?A PARA RECORDAR

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Ja?n, 1 de noviembre de 1970. D?a de todos los santos; 7:15 de la ma?ana.

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El viento, desapacible, tra?a un g?lido aliento desde las nevadas cimas de sierra M?gina. Ululaba entre las esquinas de las estrechas callejas del barrio m?s antiguo de la ciudad. Las calles, silenciosas y solitarias, apenas despertaban con el eco fantasmal de las pisadas sobre los resbaladizos adoquines, de un grupito de personas que caminaban temerosas de resbalones y tropiezos.

De trecho en trecho, faroles ochocentistas mal iluminaban los rincones, con una luz pobre y amarillenta, que m?s que alejar las sombras las hac?a m?s compactas y creaban un ambiente tenebroso y difuso. El cielo estaba borrascoso, impenetrable a los primeros resplandores del sol y manten?a con celo la obscuridad de la noche cerrada, bajo un manto de silencios, ausencias de vida y letargos.

La iglesia de Santa Mar?a Magdalena estaba cerrada, a causa de una restauraci?n que, interminable, manten?a andamios y pilas de piedra, arena, cal y cemento, a su alrededor. Nada se mov?a. Ni un h?lito de vida parec?a existir, creando la sensaci?n de hallarse inmersos en un mundo irreal y sobrecogedor, que se agigantaba con el eco de sus pisadas. En las sombras parec?an guarecerse las Almas en pena, esa crepuscular ma?ana, v?speras del d?a de los difuntos.

Aquellas personas caminaban encorvadas, percibiendo el fr?o y la soledad m?s absoluta; mientras, en su mente rielaban como fuegos fatuos, pensamientos y sensaciones de tristeza, verg?enza y protectora solidaridad. S?lo dos almas se abstra?an de aquel ambiente y, en su fuero interno, brillaba la esperanza y la felicidad de la plenitud de sus deseos.

Por fin llegaron al lugar santo, en el que esperaba el cura. Era una capilla desierta, l?gubre y espartana, abierta por excepci?n, mientras continuaban las obras en la iglesia parroquial. La ceremonia a la que acud?an no era motivo de alegr?a para la mayor?a, sino de cristiana benevolencia hacia dos j?venes rebeldes, que optaron por la contravenci?n social y el pecado, de engendrar antes del santo matrimonio.

Era un tiempo en el que se buscaba la modernidad, pero las rancias costumbres y el binomio iglesia estado de la ?poca, hac?a imposible que las personas actuaran y pensaran de manera razonable, aunque s? coherentes con la pacata y retr?grada sociedad que exist?a.

Aquellos j?venes asumieron con paciencia, m?s aparente que real, las imposiciones que les aprisionaban y se sent?an felices de pensar que a partir de ese instante, protocolario e hip?crita, vivir?an su vida, con luces y tambi?n con sombras, sin importarles todo lo dem?s. S?lo quer?an estar juntos y hab?an escogido el medio infalible para conseguirlo.

Se entregaron sin cortapisas, sin tiempo ni medida; sin rencores, sin dudas y con ?nimo de permanencia en su amor.

Ellos fueron felices y soslayaron las experiencias de ese d?a. Su ?nico anhelo era vivir su amor. Desde el instante en que comienza esta historia, se sintieron afortunados con la fusi?n de sus almas. Nada de lo acontecido ten?a importancia ni percibieron las tristes y obscuras im?genes del d?a de su boda.

Hoy aquellos j?venes siguen juntos, recordando aquel d?a como uno de los m?s importantes y realizadores de su vida.


Publicado por pedrolamart @ 0:35  | PERSONALES
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