Martes, 28 de diciembre de 2010

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Terremoto

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Miedo, impotencia, angustia; cascotes, estruendo, gritos y plegarias.

El terrible se?smo hizo que las patas de la cama repiquetearan sobre el inestable suelo y los gritos de dolor de la parturienta, quedaron en suspenso. La comadrona se abalanz? sobre la criatura que ya pugnaba por salir, en un intento de protegerle... trozos del techo cayeron sobre ella y la habitaci?n se oscureci? con una nube de blanquecino polvo.

Los cristales de las ventanas estallaron en miles de part?culas proyectadas, que laceraban la piel y la sombra de la muerte llen? los rincones.

Al fin rein? el silencio. Un silencio traspasado de terror y esperanza, mientras los cuerpos transpiraban un sudor fr?o, que exhalaba el acre olor del miedo.

De repente, el llanto de la vida: El beb? acababa de nacer, insertando un punto final a la tragedia. La muerte se retir? vencida, ante la formidable potencia de la vida renovada.

Era las 12:45 del d?a 27 de diciembre, de 1.950. Nac? entre temblores de tierra y el temeroso desconcierto de los anfitriones en mi fiesta de bienvenida. Como es natural no lo recuerdo, pero deb? sentirme indefenso y temeroso, en un mundo desconocido, que se mostraba tan hostil.

El destino me depar? una familia encantadora, compuesta por mis progenitores, un hermano, una hermana y una bondadosa abuela, madre de mi padre.

Mi abuela, viendo c?mo se estremec?a el mundo y llevada por fecha tan se?alada - Navidad- pens?: "Este ni?o dar? que hablar. Adem?s de los espasmos y dolores de parto de su madre, la madre tierra tiembla ante su venida".

Ella estaba convencida de que con mi advenimiento, habr?a un antes y un despu?s en la historia de la humanidad. ?Pobre ilusa! No entend?a que, salvo un hecho aislado producido en Bel?n hac?a casi veinte siglos, las ?nicas personas con poder para influir en la vida del hombre, son aquellas que aparecen en el seno de familias acomodadas.

Lo que s? recuerdo es el olor a yeso que desprend?a mi padre, humilde y digno obrero de la construcci?n. Los dos olores que siempre me retrotraen a mi m?s tierna infancia, son los del yeso y el l?cteo y c?lido aroma de un pecho de mujer, en ?poca de cr?a.

Hasta los nueve meses, algo percib?a de la realidad de la vida, que me hac?a estar ensimismado. Por eso siempre estaba inmerso en mis sue?os y s?lo me esforzaba en contactar con la realidad del hambre.

Pablo, un inquilino al que mis padres cedieron una habitaci?n, gustaba de darme el biber?n; pues le hac?a gracia la manera en que me alimentaba, soslayando el esfuerzo de estar despierto. Mi abuela pensaba: "este ni?o dar? que hablar. Siendo tan peque?o, distingue lo importante de lo accesorio. Es m?s realizador nuestro interior, que la banalidad del entorno?.

Tal vez fuese as?; lo que es seguro, es que la vida siempre me ha parecido cosa banal y mi personalidad se ha fraguado, lentamente, en la percepci?n de una mentira: la artificialidad de una sociedad, ajena a todo lo realmente importante. Una sociedad que reglamenta nuestras vidas, seg?n los par?metros ideados por las clases dominadoras.

?ste soy yo y as? os lo cuento. En estas historias me desnudar? ante m? mismo, aunque, tal vez, otras personas lo lean y consideren sin inter?s mis experiencias.


Publicado por pedrolamart @ 11:30  | PERSONALES
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